30 agosto 2009

Puerto de la Cruz: Con los pies en el suelo

Lorenzo de Ara
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A LO LARGO de los años de democracia en Puerto de la Cruz, siempre ha habido salvadores de la patria chica. Y de todos los colores políticos. Preferentemente, gracias a su supremacía electoral, los socialistas han sido los protagonistas de esa irracional y prosaica manía, que postula la creencia de que el "number one" es el todopoderoso que sacará al a tribu de la crisis. Todos, -por lo menos los que tienen memoria, o los que todavía luchan por tenerla-, se acuerdan de la etapa de Félix Real al frente del ejecutivo local. Más de una década de gobierno cuasi omnímodo y, cuando lo quemaron vivo –en un decir- en su propio partido, acudió encabronado a las urnas para recoger el favor del pueblo, recibiendo apenas un puñado de votos. Ni que decir tiene que la etapa de Félix al frente del consistorio, estuvo salpicada de luces y sombras, -más sombras que luces-, pero, como siempre sucede cuando los socialistas exteriorizan el poder, las arcas municipales se quedaron vacías, secas, sin materia prima. Los sucesivos salvadores de la patria portuense han entrado y salido del despacho abracadabrante que se mantiene inservible para la mayoría de las ocasiones importantes. Por ende, el de los otros concejales, es un verdadero páramo de inutilidades. Da igual que se madrugue o que no se haga, da lo mismo que las horas se eternicen o que otras labores públicas resten tiempo en el segundo de tener que empujar hacia adelante; lo que resulta obvio es que los alcaldes del Puerto de la Cruz nunca han sido protagonistas de un binomio progreso-desarrollo que pusiese a la ciudad en un lugar meritorio. Y los ha habido que trabajaron para lograrlo. Otros solo hablaban y aburrían. La política local se ha encasillado en los malos modos, en las provocaciones, en los chascarrillos, en la judicialización –incluso de aquellos asuntos meramente triviales-, en el amancebamiento de la masa, con el fin de garantizar el voto. ¡En la balcanización! También se ha sufrido el caudillismo y las revoluciones con tinte intelectual, sexual y hondamente ideológico. Puerto de la Cruz es una ciudad hostigada por muchos problemas: todos ellos, múltiples y graves. La gestión, en su más vasto concepto, debe simbolizar el cien por cien de la labor de cualquier gobierno que democráticamente alcance el poder. Ya no es el momento –nunca lo fue- de los discursos pretenciosos, indescifrables y pomposos de alcaldes pretéritos, ni es el momento de inagotables elucubraciones en una mesa de despacho. Es la hora de la profesionalidad, del servicio público sin altibajos, del contacto fluido, serio, riguroso y pragmático con los sectores económicos del municipio. Dialogar sin vaguedades es el camino por el que hay que moverse. A los empresarios turísticos hay que hacerles ver que la renovación y la competitividad van unidas. Me pregunto si hace falta reducir drásticamente el número de camas turísticas en el Puerto de la Cruz. También me pregunto por qué el área de comercio se mantiene como una enana dentro del organigrama municipal. El comercio, ciertamente, ya no es igual de pujante, pero sí puede resurgir de las cenizas y recuperar, en parte, su antaño esplendor. Para eso es obligatorio fortalecer una concejalía que lleva una eternidad hundida en el ostracismo. ¿Hubo un tiempo en que ni siquiera existía como tal? De ser así, ¿se imaginan ese despropósito en La Orotava o Los Realejos? Soy de los que prefieren tener los pies en la tierra. Fijos en el suelo de la ciudad. No aspiro a que mi pueblo se codee con las grandes urbes turísticas que emergen por doquier. Pero mi Puerto de la Cruz es merecedor de un futuro más optimista. La Primera Ciudad Turística de Canarias puede ser esa ciudad con la que se siempre se tiene que contar, porque, entre otros factores, la avala una experiencia en el sector de más de cincuenta años.